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Polvo eres


En el siglo II, cuando el emperador Marco Aurelio regresaba de las campañas en el Danubio, Roma lo recibió con peste, muerte y agotamiento. No hay constancia de que participara en el rito del Miércoles de Ceniza pero sí sabemos que escribió una y otra vez sobre lo mismo… polvo, descomposición, brevedad.


«Pronto serás ceniza o huesos», se repetía como ejercicio espiritual.

El Miércoles de Ceniza inaugura la Cuaresma en la tradición cristiana y pone en boca del sacerdote una elocuente frase «Polvo eres y en polvo te convertirás». La ceniza, que proviene de las palmas quemadas del Domingo de Ramos del año anterior, es un símbolo de conversión y de finitud. Es una confrontación.


La Iglesia no inventó esa conciencia de fragilidad, pero la ritualizó. Mucho antes, los estoicos ya practicaban el memento mori como algo similar, el recuerdo deliberado de la muerte como herramienta para vivir con mayor lucidez.


Lo interesante es que, tanto para el cristianismo como para el estoicismo, la conciencia de la muerte es clarificadora. Epicteto aconsejaba imaginar la pérdida para no aferrarse con desesperación. Marco Aurelio se recordaba que la fama termina en olvido y el cuerpo en descomposición. El propósito no era entristecerse, era ordenar prioridades. Si vas a convertirte en ceniza:


¿Qué merece realmente tu tiempo? ¿Qué discusión vale tu paz? ¿Qué ambición justifica perder el carácter?

El Miércoles de Ceniza y el estoicismo convergen en esa pedagogía de la finitud. Ambos nos dicen que la vida es breve y que la soberbia es absurda. Pero también que, precisamente por eso, cada elección pesa. La ceniza en la frente es un recordatorio de urgencia moral. No controlamos cuánto dura el trayecto pero sí podemos decidir con qué integridad lo recorremos.

 
 
 

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